¿Fuentes?
Contra el lobby del ABA
En el ámbito del autismo, existen dos temas que, si te atreves a abordarlos, te espera un mar rizado de vuelta: la diversidad de género y sexual en el espectro y el análisis de la conducta aplicada o ABA. En el primer caso, te encontrarás con una reticencia a aceptar lo que nos dicen los datos, es decir, que la neurodiversidad va asociada a una diversidad de género y orientación sexual. En el segundo caso, con el ABA, se parece más bien a un culto.
Para situarnos, hace cosa de un mes escribí un post sobre el uso de antipsicóticos en autistas y terminé el texto poniendo en cuestión el ABA. Lo hago siempre que tengo ocasión, porque considero que la crítica que recibe es insuficiente en comparación con su implantación y su influencia. En la mayoría de las ocasiones, algún psicólogo de la vertiente conductista se acerca a debatir mis palabras. Los argumentos pueden resumirse en tres premisas:
El ABA es una herramienta neutra —como si una pistola pudiera serlo—.
En el pasado se hicieron excesos, pero hoy ya no; por tanto, cualquier crítica válida debe remitirse al pasado.
Cualquier evidencia o experiencia que deje en mal lugar al ABA es fruto de una mala praxis y no tiene que ver con la técnica en sí.
En esta ocasión, además del intercambio dialéctico con un lector, se generó una conversación paralela en la que el psicólogo Ramón Nogueras tildó mi opinión de «activismo». No me ofende ni me escandaliza que se me llame activista, aunque me pueda quedar grande. Lo que sí me preocupa es la actitud acrítica que muchos profesionales mantienen respecto al ABA, una actitud que, en mi opinión, impide un análisis honesto de sus fundamentos, sus efectos y sus implicaciones éticas. Por eso voy a permitirme la osadía de señalar aquello que considero que no está bien.
La conversación
La primera parte de la conversación circunvala sobre el supuesto de que el ABA del pasado nada tiene que ver con el presente. Uno de los habituales entre los defensores de este tipo de intervenciones. Yo no sé si estas personas han leído guías de ABA actuales, pero yo sí —por ejemplo, Handbook of Applied Behavior Analysis (2023) de Springer—, y no veo tal diferencia. Evidentemente, Lovaas, uno de los pioneros en su uso, justificaba la violencia física como correctivo, algo que, faltaría más, hoy no vemos con tan buenos ojos. No obstante, las bases, como la interrupción de la conducta o la inducción de una urgencia comunicativa en personas no hablantes, siguen ahí. En el fondo, no dejan de ser otro tipo de violencia. El único cambio ha sido el paso del tiempo, la obsolescencia de la violencia física en la psicopedagogía; al menos, en parte. Y lo es solo en parte porque tanto en Estados Unidos como en España hemos visto en los últimos años el uso de electroshocks y castigos físicos contra autistas en diversos centros, algo que no podemos desvincular de ese truculento origen.
Desde el punto de vista de la honestidad intelectual, me cuesta muchísimo no hacer un paralelismo entre las terapias de conversión y el ABA, y no reclamar la misma crítica para una que para otra. En ambos casos se parte de la premisa de que existe una forma correcta de ser, sentir o comportarse, y de que cualquier desviación respecto a esa norma debe corregirse mediante una intervención sistemática —por tanto, no es neutra—. Asimismo, me cuesta entender a los psicólogos que promueven la ciencia y el progreso, pero no se detienen ni medio minuto a ver lo que hay realmente detrás del ABA.
¿Fuentes?
Yo llegué a la conversación tarde porque no me habían citado, pero yo era «el tipo» que tenía que explicar a los amigos de Nogueras con hijos autistas «no verbales» —pequeño apunte, es más correcto usar la denominación no hablante, ya que el uso del lenguaje está ahí, aunque no usen el habla— que lo mejor es «dejarles a su bola». Por supuesto, ninguno de los dos tiene que saber quién soy yo, ni que soy autista ni que en mi familia hay más personas autistas, al fin y al cabo, yo no soy nadie. Dicho lo cual, cuando tu contacto con el autismo son los hijos de unos colegas, un poco de prudencia no viene mal por si tu interlocutor pudiera ser uno de esos autistas no hablantes a los que aludes o, como mínimo, tuviera una experiencia mucho más cercana e intensa que la tuya. En cualquier caso, sí, habrá que «dejarles a su bola» en la medida de lo posible, por aquello de respetar los derechos de la infancia.
—Por si surge la duda: es compatible ser una persona no hablante sin discapacidad intelectual y tener, que es lo habitual, una capacidad para el lenguaje equiparable al de tus pares. Por ejemplo, hay varios casos de autistas no hablantes, de esos que tanto gustan llamar «profundos», que escriben libros. Muchos usan tecnologías de comunicación aumentativa, pictogramas, etc. Yo mismo tuve que ir a un logopeda de pequeño. No es necesario darle más dramatismo del requerido—.
Entonces, apareció la clásica «enséñame tus fuentes». Y a este punto quería yo llegar.
Si defiendes la que es, supuestamente, la única intervención para autistas basada en la evidencia, eres tú quien tiene que aportar dichas evidencias. Esto es ciencia, no vale solo con repetir el eslogan de «basado en la evidencia». Cada día me encuentro con apologistas del ABA y sus supuestas evidencias que no aportan más que experiencias personales de terceros, justo el tipo de evidencia que desestiman sistemáticamente cuando son personas autistas las que hablan en primera persona. Solo en ese caso es activismo.
Hay un artículo que he dejado de mencionar en este tipo de conversaciones, porque sirve de bien poco, el de Kupferstein (2018), que arroja una cifra escalofriante: el 46% de las personas autistas que participaron en el estudio y en su infancia fueron expuestas al ABA cumplían con los criterios diagnósticos de estrés postraumático. Los datos son tan contundentes como rápida fue la respuesta de Justin Barrett Leaf y sus colegas para desautorizarlos —vendedores de ABA, por si tenías alguna duda—.
La crítica en ciencia es imprescindible. Si el estudio no utilizó herramientas debidamente validadas para medir el estrés postraumático, la objeción es legítima. Ahora bien, ¿qué hacemos entonces con la enorme heterogeneidad metodológica que caracteriza los estudios sobre ABA (Collins et al., 2025)? ¿Acaso los invalida?
Otra crítica que le hacen al estudio de Kupferstein es que no hay un registro de si esas personas recibieron realmente ABA o si se interrumpió la intervención. En ese caso, cabe preguntarse qué hacemos con la inmensa mayoría de estudios sobre ABA que no evalúan la fidelidad del tratamiento, no aleatorizan las muestras ni realizan seguimientos a largo plazo; o con procedimientos que varían enormemente de un contexto a otro; o con trabajos que apenas describen los grupos de control (Collins et al., 2025).
Si solo aplicas la crítica con los estudios que te contradicen o tu escepticismo es intermitente, entonces estamos más bien ante un sesgo que una postura informada.
Dicho lo cual, el de Kupferstein no es el único estudio que indaga en las secuelas de las intervenciones de modificación de la conducta.
Un trabajo reciente comparó las hospitalizaciones por motivos de salud mental entre personas autistas que recibían ABA y aquellas que no (17 120 participantes por grupo), y detectó un incremento del 32 % en el grupo expuesto al ABA (Aguirre Mtanous et al., 2025). Si bien no podemos establecer una relación causa-efecto, el incremento es suficientemente significativo para alertar de que algo sucede con este tipo de intervenciones. Más aún, considerando que se registraron únicamente las hospitalizaciones, es decir, episodios graves.
Otro ejemplo lo tenemos en el estudio cualitativo de Anderson (2023), en el que, mediante unos protocolos de entrevistas a adultos autistas que habían recibido ABA en su infancia, recogió varios testimonios que describían sus experiencias como traumáticas o abusivas.
Cada cierto tiempo, no viene mal quitar el polvo a las evidencias y revisar si se siguen sosteniendo en 2026. En la conversación, yo mencioné un par de metaanálisis actuales; a los que él respondió con un «me gusta». Algo es algo.
La realidad de las evidencias
Lo primero que sueles encontrarte cuando buscas información sobre ABA no son estudios ni experiencias en primera persona, son asociaciones recomendándolo. Siempre precedido por el eslogan «basado en la evidencia».
Pasemos, pues, a analizar esas evidencias.
Por un lado, sí existen metaanálisis que respaldan un impacto positivo del ABA sobre ciertos apartados. Sin embargo, cuando se examinan con detalle —por ejemplo, en el metaanálisis de Gitimoghaddam (2018)— aparecen problemas recurrentes: muestras pequeñas, ausencia de grupos de control, una antigüedad muy variable de los estudios incluidos —este dato es relevante, ya que entre los años 70 y 90 el ABA recurría con mayor frecuencia a castigos físicos, lo que probablemente ha influido en los resultados— y una enorme disparidad en las variables medidas. Más aún, cuando en el cajón «conductas problemáticas», un parámetro muy referenciado, caben tantas cosas.
De ahí que no resulte demasiado sorprendente que los metaanálisis más recientes, como el de Eckes y colab. (2023) o Collins y colab. (2025), encuentren resultados mixtos y efectos pequeños o inexistentes del ABA. Limitados por su heterogeneidad, el mayor impacto suele darse en el lenguaje receptivo, que puede resumirse de manera llana como recibir órdenes. Es decir, el ABA que milagrosamente hace hablar a autistas no hablantes no parece sostenerse con los datos.
[El ABA] Se parece más bien a unos progenitores que a base de insistencia acaban logrando que hagas lo que ellos quieren, con un buen pago mediante.
Por otro lado, las publicaciones sobre ABA presentan un problema serio con el conflicto de interés y el sesgo de publicación. Según un estudio publicado en 2021, un 84 % de los estudios sobre ABA tenía conflicto de interés, y un 87 % ni siquiera lo reconocía. En la mayoría de los casos, la fuente de ese conflicto provenía del hecho de que entre los autores había terapeutas ABA, y estos podían usar después tales resultados como publicidad positiva (Bottema-Beute y Crowley, 2021).
¿Recuerdas cuando una copita de vino al día alargaba la vida? Detrás de esos estudios estaba el lobby vinícola. Hoy ya decimos sin tanta vergüenza que el daño producido por el alcohol es mucho mayor que el beneficio que puedan darte los antioxidantes de la uva. No obstante, durante años las bodegas pudieron usar esos datos a modo de reclamo, con lo que ganaron mucho dinero a costa de vidas humanas e hígados cicatrizados.
Unido a esto, si lo que se publican son mayoritariamente resultados positivos, que es lo habitual en la literatura científica, tenemos el cóctel perfecto para provocar un problema de credibilidad.
Lobby
El ABA ha constituido un lobby y generado muchísima más literatura —que no evidencias— que cualquier otra intervención, de manera que al peso no tiene rival. Ante esa avalancha de publicaciones autorreferenciales y que no hacen más que medir su propio éxito en consulta, la posibilidad de hacer un análisis crítico que no responda a ningún interés se torna complicada.
No nos engañemos, el autismo es una industria multimillonaria y, en Estados Unidos, ese mercado está dominado con mano de hierro por el ABA. Tras una intensa campaña de presión (con la ayuda de Autism Speaks), los 50 estados de Estados Unidos y todas las provincias canadienses han exigido a las aseguradoras que cubran el ABA, cuyo coste puede oscilar entre 20 000 y 80 000 dólares anuales. En algunas jurisdicciones como Ontario (Canadá), los grupos de presión de ABA lograron convencer a los responsables políticos de que retiraran la financiación de servicios esenciales como la logopedia y la terapia ocupacional, a favor de destinar más dinero a sus propios intereses. ¿Es este el escenario que queremos en nuestros países?
Si ser crítico con la propaganda me hace activista, entonces ser acrítico convierte a otros en lobbistas. Lo cual es lícito, al menos en el sistema capitalista, pero entonces no serás nunca un investigador.
Reflexiones finales
Por suerte o por desgracia, soy una persona de ciencias duras. Empecé estudiando proteínas y acabé midiendo la actividad eléctrica de las neuronas. Durante mi doctorado, vi cómo se publicaban algunos estudios que contradecían los míos y que, para mi desgracia, no podía ignorar. De hecho, no citarlos solo hubiese reducido la calidad de mi trabajo. Por eso, no puedo dejar de criticar abordajes como el ABA y la postura irreflexiva de muchos profesionales que enarbolan la bandera de la ciencia y la evidencia.
No sé si la psicología es o no una ciencia, ni creo que deba serlo para tomársela en serio; pero, si nos atenemos a los parámetros científicos, abunda la literatura panfletaria. Temo —porque ya ha ocurrido en otros campos de la ciencia— que dentro de veinte años los artículos que hoy han servido para respaldar el uso del ABA sean refutados de la peor manera. Entonces, quienes ahora hacen una defensa numantina de esta intervención clamarán contra un pasado que ya no los representa —porque eso ya lo he visto—, sin que su reputación se vea afectada ni en lo más mínimo, como ocurrió con Simon Baron-Cohen y su denostada teoría del cerebro hipermasculino.
Los únicos que acabarán pagando la fiesta serán los de siempre: los más vulnerables, quienes más tienen que perder, las personas autistas y neurodivergentes.
Referencias
Aguirre Mtanous, N. G., Koenig, J., Nikahd, M., Effertz, S. E., Silinonte, S., Hyer, J. M., Hand, B. N., & Bishop, L. (2025). Mental health outcomes associated with applied behavior analysis in a US national sample of privately insured autistic youth. Autism : the international journal of research and practice, 13623613251390604. Advance online publication. https://doi.org/10.1177/13623613251390604
Anderson, L. K. (2023). Autistic experiences of applied behavior analysis. Autism, 27(3), 737–750. https://doi.org/10.1177/13623613221118216
Bottema-Beutel, K., & Crowley, S. (2021). Pervasive Undisclosed Conflicts of Interest in Applied Behavior Analysis Autism Literature. Frontiers in psychology, 12, 676303. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2021.676303
Collins, I.M., Halter, ., Schächinger Tenés, L. . et al. A Meta-Analysis of Applied Behavior Analysis-Based Interventions to Improve Communication, Adaptive, and Cognitive Skills in Children on the Autism Spectrum. Rev J Autism Dev Disord (2025). https://doi.org/10.1007/s40489-025-00506-0
Eckes, T., Buhlmann, U., Holling, H. D., & Möllmann, A. (2023). Comprehensive ABA-based interventions in the treatment of children with autism spectrum disorder - a meta-analysis. BMC psychiatry, 23(1), 133. https://doi.org/10.1186/s12888-022-04412-1
Gitimoghaddam, M., Chichkine, N., McArthur, L., Sangha, S. S., & Symington, V. (2022). Applied Behavior Analysis in Children and Youth with Autism Spectrum Disorders: A Scoping Review. Perspectives on behavior science, 45(3), 521–557. https://doi.org/10.1007/s40614-022-00338-x
Kupferstein, H. (2018). Evidence of increased PTSD symptoms in autistics exposed to applied behavior analysis. Advances In Autism, 4(1), 19-29. https://doi.org/10.1108/aia-08-2017-0016





Qué coraje me dan mis colegas de profesión que dañan hablando sin saber. Lo"mejor" es que te piden fuentes pero no gastan ni un segundo en leerlas porque lo único que les interesa es desacreditarte. Gracias por tu trabajo Erik. La comunidad neurodivergente necesita muchos " tipos" como tu. Un abrazo,)
Brillante, Erik. Creo firmemente que hay que prohibir las terapias ABA, sin matices. Es indignante ver cómo hay padres orgullosos que cuelgan en redes vídeos de sus hijos mientras les aplican esas terapias y, por ejemplo, les sujetan las manos para que no hagan estereotipias. ¡Qué crueldad! Dejad a los niños SER.